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Tolstoi y la educación

Un profesor me vio una vez buscando en la librería entre autores rusos y me dijo algo que no podré olvidar: “comprender a los rusos te abre las puertas para conocer la literatura universal”. Por aquella época, había empezado mi incursión con Crimen y Castigo, de Dostoievski, y abriendo camino a Ana Karenina, del ilustre Tolstoi. Entusiasmado por la historias de aquellas heroínas del S.XIX y su lucha por la libertad, caí atrapado en relatos de siglos pasados, disfrutando de la descripción de una sociedad reciente de la que tantos paralelismos heredamos.


Desde Pushkin, a El capote de Gogol, hasta llegar a Chejov o Gorki, Tolstoi destaca en sus obras por su descripción fiel de la realidad cargada de un valor indudablemente humanista.

Lev Nikoláievich Tolstói (1828-1910), conocido en español como Leon Tolstoi, nació en la región de Tula (Rusia), en el seno de una familia noble. Con 16 años ingresó en la universidad de Kazán, donde primeramente estudió Lenguas y más tarde, Leyes. Dejó sus estudios y, con tan solo 21 años, instauró una escuela en su finca en la que intentó educar a los hijos de los campesinos.

Tal vez, debido a su inexperiencia, esta etapa educativa tuvo poco recorrido. Tras esto, ingresó en el ejército hasta acabar la Guerra de Crimea en 1856. Decidido a retomar su causa, viajó por Europa conociendo la cultura occidental, ideas pedagógicas que posteriormente desarrollaría en su Escuela Yasnaia Poliana, fundada en 1859 para los niños campesinos, donde la enseñanza era gratuita. Hay que recordar que la mayoría de la población rusa era analfabeta en aquella época, de ahí que sostuviera que “la necesidad más esencial del pueblo ruso es la educación”.

El contexto educativo de esta escuela parte de la Pedagogía Antiautoritaria, fuertemente influida por el naturalismo de Rousseau, en la que predomina la defensa de los tres pilares fundamentales: libertad, cultura y escuela.
El niño debía encontrar la motivación para estudiar mediante una práctica libre, “mientras menor sea la constricción requerida para que los niños aprendan, mejor será el método”. Así, el maestro debía incentivar a los alumnos para que, libremente, decidieran asistir o no a la escuela.

Esto nos recuerda la idea actual del docente como catalizador del aula, donde debe enseñar a aprender para que los alumnos aprendan a aprender de manera autónoma. Cierto es que las condiciones sociales han cambiado, y proponer la no obligatoriedad de la enseñanza podría suponer un retroceso en lugar de un avance, pero ante una tasa de abandono escolar temprana superando el 20 por ciento (alentada por la falta de entusiasmo de la juventud que encuentra en los centros educativos un referente de opresión y hastío), este método podría servir de referente para el cambio del modelo educativo.

Porque, pasando la época de la alfabetización y adentrados en el concepto de educación a lo largo de la vida, podemos retomar el ejemplo elaborado por Tolstoi donde “la alfabetización es un arte mientras la educación es el conocimiento de los hechos y sus relaciones.”

La sociedad exige un cambio de modelo, docente del S XXI, una era marcada por el individualismo y la autonomía. ¿Por qué no estimular la independencia y la creatividad de cada alumno sin aislar al individuo del contexto de su entorno? Tal vez Tolstoi sea la respuesta.

 

Miguel Ángel Ruiz Domínguez

 

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