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¿Tiene derecho un docente a equivocarse?

Desde hace unos meses ando inmerso en este proyecto personal y pedagógico online de difusión de contenidos. Al mismo tiempo, extraigo los datos que obtengo del blog para una investigación propia y analizo la repercusión que pueden tener los mismos en el mundo educativo.


Por lo general, como observador participante, la red presenta una buena acogida técnica en primera instancia. Entendiendo técnica con una postura consumista donde uno suele dejarse llevar únicamente por el alcance de sus publicaciones a nivel de usuarios y sin poder llegar a analizar más allá del número de visitas o de likes que obtienes.

En esta especie de adquisición de “me gustas”, se llega a perder la sintonía social que existe en el mundo virtual hasta que se trasciende al diálogo. A la participación activa tanto por parte de los receptores como por el emisor del contenido (yo mismo). En este punto es cuando el mundo se abre; un mundo abierto a la participación y al encuentro, a la interconexión entre individuos que apenas se conocen.

Y aquí llega mi objeto de debate. Hace unos días, en una publicación de una red social, el descuido o el olvido, hizo que cometiera una falta ortográfica. Una tilde traviesa fue omitida por mis dedos y, ante la inmediatez de los medios, se publicó con la rapidez que mi pobre móvil permite. Así, como la vida tangible continua y el trabajo demanda en ciertas ocasiones de la presencia física fuera del mundo virtual, la publicación se mantuvo durante horas sin llegar a ser corregida.

Y, ¿hubo respuesta? Sí. Evidentemente, un lector sabio se percató del error cometido y apuntó en un comentario la rectificación debida. Pero, no fue eso lo que me causó un interrogante. Entendible y grato es que a uno le corrijan, malo sería que uno nunca se equivocara. Pero, en ese instante, recordé los momentos de la infancia en el que mi profesor/a se equivocaba y aprovechamos para reírnos a sus espaldas. Obviando la burla, ¿por qué nunca se naturalizó ese momento?

¿Se entiende ahora que un docente pueda llegar a equivocarse? Mi sensación es negativa. En este sentido, siento como la educación bancaria hace acto de presencia, vuelve a aparecer un distanciamiento entre el que “sabe y el que aprende”, el que “habla y el que escucha” en una pasividad jerárquica. Entendible es la risa como objeto de rebeldía.
Lo curioso, es que ahora Internet se presenta como una plaza pública. Así, el aula destruye sus muros y el docente se enfrenta al espacio abierto de la red, donde, en un instante, todo adquiere una magnitud globalizadora. De este modo, el individuo se expone y debe enfrentarse, ante el vértigo, a la inmensidad de un mundo interconectado.

No obstante, ¿cómo se aprende si no es con los errores? Tal vez estoy fallando cuando les digo a mis alumnos que pierdan el miedo a hacer los ejercicios, que se equivoquen, que es la única manera de poder llegar a realizarlos bien algún día. En este sentido, la exposición mediática (sin justificar mi falta) me recordó un poco a un capítulo de la última temporada de Black Mirror. Tal vez, desde la tierna infancia, nos han enseñado a no equivocarnos y a convertirnos en señaladores de lo correcto. Entendiendo así cómo la red nos puede convertir en justicieros, cómo lo impersonal actúa como una doble vertiente, eliminando el pudor a la palabra, tanto en lo bueno como en lo malo.

 

“Experiencia es el nombre que damos a nuestras equivocaciones”
Oscar Wilde

Miguel Ángel Ruiz Domínguez

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23 comments on “¿Tiene derecho un docente a equivocarse?

  1. El que no se haya equivocado alguna vez que levante la mano. Yo creo que equivocarse, además de humano, es inevitable y necesario. A veces hasta que no erramos no aprendemos, así somos, sería más sencillo hacer caso a lo que nos dicen pero no solemos hacerlo, supongo que de ahí viene el dicho de que la experiencia es la madre de la ciencia. En tu caso en concreto no deja de ser un descuido más que una equivocación, pero es bonito comprobar como algo tan pequeño da para una reflexión tan interesante.
    Un saludo!

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  2. Equivocarse es de humanos, rectificar es de sabios… Y lo mejor de todo es que con las equivocaciones, con las caídas, se aprende más de lo que pensamos.. Yo me equivoco muchas veces al día y también a veces me cuesta reconocer alguno de esos fallos.. Si uno tropieza es mejor encontrarse con una mano amiga que le ayude que no una risa socarrona y burlona que le menosprecie y no le socorra.. Un buen post para reflexionar.. Abrazos de luz 🙂

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  3. Creo que es preciso equivocarse y que se transmita el mensaje de que equivocarse refuerza en vez de verlo como algo no negativo o a evitar. Desafortunadamente, es un mensaje que aún hoy ase sigue transmitiendo y hace que el miedo a fallar, a equivocarse, a cometer errores, cause temor, ansiedad y frustración. Tu reflexión me ha resultado de lo más interesante e inspiradora.

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  4. Un descuido no es nada más que un momento de distracción, una equivocación es lo que le pasa a todo ser humano , de vez un cuando…; los latinos decían “errando dicitur” verdad? …
    Así que….
    Me gusto’ tu entrada!

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  5. Muy buena reflexión. Estamos ahora más expuestos que nunca al escarnio público, porque, por desgracia, el relativo anonimato de la web hace que sea mucho más fácil sacar a pasear al lado más asilvestrado de cada uno. Y hace falta mucha elegancia, muchas tablas y, sobre todo, mucha seguridad en uno mismo para salir airoso de que quien te corrija lo haga tirando a dar y con mala leche. Yo opino que todos tenemos derecho a equivocarnos. Eso no quita para exigir un mínimo de competencia a todo el mundo. Es decir, el maestro claro que puede equivocarse, lo que no me parecería de recibo sería que no estuviera capacitado para enseñar, que no supiera redactar o hablar correctamente o que metiera el zanco cada dos por tres. Haberlos haylos, y me gustaría pensar que son minoría. También en mi gremio, el periodístico, hay muchísimos ejemplos de supuestos profesionales que sencillamente no están a la altura de las circunstancias y ocupan puestos para los cuales no están cualificados. Pero bueno, ese es otro debate y va más allá de la equivocación anecdótica 🙂

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  6. De nuestros errores aprendemos, y se va nutriendo nuestra experiencia… Todos nos equivocamos en algún momento. Nadie es perfecto. Lo importante es corregir (lo más pronto posible, jejej) y aprender… Y en ocasiones, por cierta prisa, aunque revisemos, se nos va alguna falta… 🙂 😉 ¡Por supuesto que un docente también tiene derecho a errar! Un abrazo… Las redes unen y abren horizontes, pero también nos hacen vulnerables… ¡Hay que estar aún más atentos a cada detalle!

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  7. Me ha pasado, sobre todo cuando escribo por celular, el cometer alguna equivocación.
    Y escribo muchas horas al día.
    Nadie es perfecto e ignoramos más de lo que sabemos.
    Pero existe un placer morboso en hacerle notar al que sabe más que uno, que también puede errar.
    Pienso que es para no sentirse tan inferior en conocimientos, pero todos sabemos algo que el otro no sabe.
    Un abrazo.

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  8. Muy interesante todo, todos algún día nos hemos equivocados porque somos humanos.

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  9. De las equivocaciones aprendemos también, quien no se equivoca alguna vez?
    Aveces nos confundimos y eso no quiere decir que no sepamos sino que somos humanos.

    Feliz día, la verdad que el texto da a reflexionar. Un beso!

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  10. ¡Pero qué pregunta es esa! Claro que el docente (y cualquier persona) tiene derecho a equivocarse, y está claro también que no lo tiene…
    La pregunta en realidad no es nada fácil de contestar, porque, ¿a qué tipo de equivocación se refiere? ¿a una simple tilde, a un error gramatical o a un error de concepto? porque si es una coma faltante, a cualquiera se le olvida o a cualquiera también el teclado lo traiciona. Pero un error gramatical, depende, no se le podrá exigir lo mismo a un profesor de lengua castellana que a uno de, digamos, matemáticas (sin ánimo de ofender a tales docentes, por supuesto). Ahora, un error de concepto puede ser algo más complicado de juzgar.
    En todo caso creo que en esto de los errores pequeños, cotidianos, hay dos cosas que se deben considerar, una es el ánimo con que se corrige (o se pretende corregir, porque muchas veces el equivocado es el corrector), porque hay quienes corrigen amablemente, y hacen un favor al corregir, mientras otros lo harán con insidia o con burla. De la misma manera el corregido puede recibir la corrección con enojo, mientras otro lo hará con humildad y tal vez con humor (con frecuencia he visto que esta última opción es la mejor, el humor siempre desarma al insidioso).
    Bueno, si el error de que se trata es de una simple tilde, para qué armar una tormenta en un vasito de agua, si hemos visto que la famosa RAE las pone y las saca como se le da la gana, y no nos vamos a equivocar (además que en la lucha entre teclados y dedos cuadrados, más de una tilde es víctima de daño colateral). Si se trata de errores grandes, magníficos, estratosféricos, ahí la cosa cambia, porque la equivocación de uno es la verdad de otro, si no, enfrenten a un creacionista con un evolucionista, por ejemplo, a ver como se ponen de acuerdo acerca de quién es el del error…
    Bueno, yo siempre cometo errores (¿puedo, ya que no soy docente?), y uno de ellos es irme por las ramas, por eso intentando volver a la pregunta: ¿tiene derecho un docente a equivocarse? afirmo y sostengo lo dicho, que tiene y que no tiene derecho, y eso dependerá del tamaño de la equivocación y de sus posibles consecuencias ¿Tiene derecho un cirujano a equivocarse? claro que lo tiene, es humano y “errare humanum est”, pero no le concedo el derecho a equivocarse cuando soy yo el que está en el quirófano, faltaba más, que lo perdone Dios, que yo no (y mi familia tampoco, espero…). ¿Tiene derecho un ingeniero a equivocarse?, claro que sí, puede comerse todas las tildes que quiera, pero si la equivocación está en un puente que costó miles de millones ¡ay, Carmela!
    Así mismo, si un docente se equivoca en poner o no poner una tilde, está en su pleno derecho. Pero si se equivoca en algo que afecte a la formación de sus alumnos, el derecho a equivocarse podría ser cuestionado, creo yo, pienso yo, digo yo.
    ¡Qué lata he dado, Oh, my goddess!)

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    • Vaya comentario! No sé por dónde empezar! 🙂 En primer lugar muchas gracias por tu aportación. Entiendo tu matización sobre el tipo de error, sin lugar a dudas, muy importante. Solo intentaba pensar un poco en los pequeños errores del día al día y la trascendencia que puede llegar a tener, las reacciones en el rol del docente, las redes sociales, … Un tema un poco amplio y abierto 🙂

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      • Claro, si no tiene sentido alguno el andar buscando y resaltando esos errores que cometemos todos en esto de las redes sociales, escribiendo rápido y muchas veces en teclados minúsculos como los de los teléfonos. Yo creo que esos errores son absolutamente perdonables y no porque una persona sea un profesor no va a poder cometerlos. Hay errores que sí que debieran controlarse mejor, por ejemplo he visto algunas faltas graves en guías entregadas por profesores porque causan una mala impresión, sí, ya se que ese trabajo es complicado y estresante, pero hay detalles que no se pueden descuidar. La mayoría de las veces una tilde de más o de menos no hace mayor diferencia si no modifica el sentido de lo escrito (hay ocasiones en que sí lo hacen), pero si un profesor de matemáticas comete un error y en vez de un + pone un – ¿no cambia completamente toda la operación y el resultado?
        (Me vinieron a la memoria mis lejanísimos días de estudiante, cuando los errores eran marcados con tinta roja, de un rojo violento, infernal diría yo, que hacía que nuestros cuadernos parecieran arder en llamas…)

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  11. [La vieja maestra] Poquísimas veces salía de su casa y no hablaba nunca con nadie, pues siempre había odiado los chismes, pero cuando le dijeron que Pepón había sido elegido alcalde y escribía manifiestos, entonces salió. Se dirigió a la plaza, se detuvo delante de un manifiesto pegado en el muro, se caló los anteojos y lo leyó de cabo a rabo ceñudamente. Luego abrió su bolso, sacó un lápiz rojo y azul, corrigió los errores y escribió al pie del manifiesto: ¡Asno!
    (Giovanni Guareschi, Don Camilo)

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